La Lucha Del Vivir

Ipomea Alba

 

Cartagena 2004 Cuidando a Joaquín

Primero decir que me sobrecoge el sitio, y a la hora de estar aquí, me recorre el frió…

Cuando Joaquín duerme, a veces recorro los pasillos vacíos del hospital, atisbando por el resquicio de las puertas de cada habitación que desfilan a mí andar. Veo viejecitas (un 90% mujeres), echadas en la cama, sentadas en las sillas de ruedas…

 Miradas ausentes, cabezas idas, monólogos que no encuentran oídos que escuchen tanto abandono…

Y a veces siento mi cuerpo en esas camas, la cabeza llena de recuerdos de juventud, vagando sin rumbo perdida en mi corazón tan perdido cómo yo y  marchito, ahogado en la soledad.

Viejecitas abandonadas, que no reciben visitas. ¡Solas! como si nunca hubiesen existido en la vida real.

Miradas que se tuercen hacia la puerta, que se clavan en mis ojos, con el anhelo inscrito, de esperar ver a un hijo, un nieto, alguien que va a entrar a cogerlas de la mano y a charlar.

Esta vida que he elegido podría tener ese fin, sin nadie que esté a mi lado en mi vejez. Acabando en un geriátrico como éste, lleno de fantasmas sin luz.

 

Joaquín…

Él está arropado por toda la familia, (una de las pocas personas que tiene visitas aquí).

Yo le aporto paz, música suave, diálogos, respeto, masajes, lecturas, momentos de alejamiento cuando siento que desea estar solo con la tristeza  que le embarga por ser cada vez más consciente de su condición actual.

Le doy energía, lo paseo entre pinos, le acerco algún gato que ronda por ahí, para que con esas manos retorcidas, y sin movimientos voluntarios, pueda acariciarlo.

Le enseño algún pájaro que canta en una rama, y le canto a Maná. Le canto la canción de la soledad, que desea escuchar a menudo desde que me oyó cantarla por primera vez en un paseo. Me dice “más”, solo lo dice cuando quiere oír ésta canción. Maná de alguna forma nos une a los dos. Nos habla de nuestra soledad, pero no recreándonos en ella.

Y él agradece, sonríe, duerme en paz. Me pregunta su familia a veces ¿Cómo lo haces? No suele estar en paz.

 Respeto su espacio. Nada más.

Yo le siento, percibo, cuento con él, nunca hago nada sin preguntarle antes. Le tengo siempre en cuenta y formamos un buen equipo.

Sus ojos se encienden cuando me ven, me envía besos con su boca, me contesta cuando le pregunto, si hoy está mejor, si está menos triste, si ha dormido bien. Y él me gratifica con el brillo de los ojos, con su sonrisa, y su estado de bienestar cuando llego y la familia desesperada no sabiendo ya como calmar su agitación, me cede la batuta esperando que conmigo se calme, se relaje, se duerma… Lo hace.

 

Y hay días que como hoy, él no quiere existir.

Entonces solo pongo música, me siento a su lado por si desea algo.

Hoy solo quiere cerrar los ojos, o mirar al vació y que le dejen en paz… Y yo le dejo en paz.

Cierto es que salgo emocionalmente agotada. Se que me entrego demasiado en todo lo que hago, pero soy así.

Poseo un don, lo sé, ya se han cansado de repetírmelo desde que era niña, y desde que estoy con Joaquín, quiero estudiar el arte de la imposición de manos. Tengo una energía muy intensa y positiva que he de aprender a manejar. Calmo los bebes cuando lloran, tocándoles la tripa, la sien o la frente.

Los hombres se duermen en mi hombro al quitarles la tensión que llevan dentro, y es curioso, se abandonan, me cuentan, sacan cosas antiguas, sepultadas en su ser, y que nunca creyeron poder confesar. Inspiro confianza y bienestar. Aporto paz…

 

Esto me recuerda a mi ex marido.

La conexión entre ambos llegó a límites insospechados, sobrenaturales.

Cuando tuvo el derrame cerebral, yo estaba en otra ciudad, desperté de noche, él me llamó en mi sueño. Supe que algo le pasó. Nunca llamaba a su casa, esa mañana llamé. Tuvo un derrame cerebral. Le habían operado quedándose en un coma profundo…

Todas las noches soñaba con él, tan claro como ahora veo a Joaquín.

Y me decía: “No me despiertes nunca, no quiero ser un vegetal, pero no puedo irme sin despedirme aquí, de ti”.

Noche tras noche las pesadillas fueron continuas, agotadoras. Dormía poco.

Y me fui a Paris, en ese TALGO nocturno en el que tanto viajé.

Fui al hospital, no le reconocí, la cabeza afeitada, trepanada, el cuerpo flaco, tubo en la traquea, en el vientre…. No parecía él.

Su mujer estaba a su lado, llevaba tiempo esperando un movimiento, una señal que le dijera que seguía su alma dentro de ese cuerpo…. Ya muerto para mí.

 

Me acerqué. Le rocé la mano, cayéndome lágrimas y diciéndole “Ya estoy aquí” y le cogí la mano, sintiéndola intensamente en la mía.

Su mujer atenta…

Pasó como 1 hora, yo iba a retirarme, y como si él sintiese ese gesto, giró la cabeza hacia mí…  dije “descansa en paz, mi amor” Besé su mano, su frente, sus ojos, sus mejillas y su boca.

Después suavemente solté su mano y me fui.

Su mujer me persiguió por el pasillo, me rogó, me lloró. “Tu eres la única que puede sacarlo de ahí” le dije “¡No! No quiere y no lo haré, recuérdalo vivo, recuérdalo entero, recuérdalo tal como fue y déjalo marchar porque ése es su deseo. ¡Respétalo!

 

Cuando iba en el taxi hacia la casa de mi padre, dejé de oírle. Sentí que se había ido, y al sentirlo, mi móvil sonó.

Al regresar a la habitación,  su mujerlo encontró rodeado del personal médico… Acababa de morir.

¿Cómo lo he de digerir, este poder que poseo para sentir a los vivos y a los muertos y para que me sientan a mí?

 

Mucha gente no cree en estas cosas… Y sin embargo existen. Lo puedo asegurar… Para el que le invade tanto sentir, es muy difícil encontrar el camino del sosiego y no perderse en el del miedo, de la locura… Camino bordeado de almas que claman por ti.

Y yo solo puedo pedir a la nada “Cógeme de la mano de vez en cuando y dime “Tranquila arañita, estoy aquí” Llevándome así al terreno de la paz, que me aporte ese escudo para dejar de sentir el desasosiego que está clavado en los que yo amo y acuden siempre a mi para encontrar el bálsamo de su dolor.

Su mano en la mía… y poder descansar.

 

Con Joaquín me salva la barrera de los sentimientos que no tengo por él, al no conocerle, quererle en “su vida anterior a ésta”.

Pero me agota tanto dar.

 

Y luego ¿Cómo voy a extrañarme que traspase la pantalla de mi ordenador y siento a la gente?

Siento sus miedos, sus ansias…

 

Y siento el miedo, sobretodo de los hombres, que se abandonaron a mí. Les da miedo sentir esa revolución interna que yo sin querer provoco en ellos, sentir esa desnudez que sin saber cómo, me ofrecen sin pudor.

Y yo recibo, recibo, recibo todos esos sentires y doy, doy, doy…

¿A quién me puedo yo entregar? ¿Desnudar?

 

Ahora estoy escuchando a Mozart mientras escribo, sentada al lado de Joaquín que duerme profundamente, placidamente.

A veces abre los ojos, me busca su mirada y al encontrar la mía, me mira, me hablan sus ojos agradecidos por solo estar… Y de nuevo se duerme.

 

Esta es una tarde de gratificación ¡Que palabra tan bella!

¡Tiene tanta conexión con lo que uno siente!

Y me gusta mirarle y sentir que le doy Paz

 

Sophie 2004

 

Y hoy encuentro éste escrito que traigo aquí…

Hoy que me enfrento más que nunca a la lucha del Vivir

 

Sophie 2009

 

 

 



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